Siguiendo con mi curiosidad histórica culinaria, he dado con una explicación acerca de las supersticiones sobre la sal que me aclara bastante porque se la ha mitificado tanto, (desconocía algunas de las circunstancias).
No soy supersticiosa, me gusta encontrar el trocito de realidad que envuelve cualquier leyenda, acabamos de pasar por un martes trece y la verdad es que menos mal que no creo en la mala fortuna propiciada por los astros, porque fue un día horrible para mí desde su primer minuto. Además tengo muy cerca a una amiga que tiene grabado a fuego en su subconsciente todos los maleficios de la mala suerte y como contrarrestarlos en el momento, tocarse un diente, tocar un botón blanco, tocar una cremallera…… y un largo etc., dependiendo de la mala fortuna observada en el momento. Por estas dos circunstancias me ha llamado la atención el texto sobre la Vía Salaria que estoy leyendo.
Las marismas que rodeaban Roma eran un foco de malaria, por lo que su desecación fue una empresa de todo punto necesaria, pero las que se extendían en la desembocadura del Tíber tenían naturaleza salina, lo que permitía obtener sal en grandes cantidades.Esta sustancia no se utilizaba sólo como condimento, sino que era el único medio para la conservación de los alimentos; de ahí su enorme importancia en épocas antiguas. Como sólo podía obtenerse a orillas de minas, era escasa y cara y servía de trueque, así, el hecho que derramara sal accidentalmente, era un acto desafortunado, puesto que se estaba perdiendo poder "adquisitivo".
Esto explica que se la rodeara de un aura mágico-religiosa, que ha pervivido hasta nuestros días en forma de supersticiones ligadas a la buena o mala suerte. La historia más popular, y supongo que cristiana, da su explicación a porqué además hay que derramar la sal por encima del hombro:
La espalda es el sitio desde el que Pedro Botero, es decir, el diablo, espera paciente a que nuestra naturaleza pecadora renuncie al alma para siempre. La sal arrojada no tiene otro fin que cegarle temporalmente al lanzársela directamente “a la cara del diablo”, para que el espíritu tenga tiempo para volver a quedar afianzado por la buena suerte.
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